22 ago, 2008

El idiota enmascarado # 3. Parálisis (no) permanente

Publicado por Antonio en la categoría Columnas|El Idiota Enmascarado

# 1. Hay una noticia buena y otra mala. La noticia buena (para mí) es que estoy de vacaciones; la noticia mala (también para mí) es que tengo una cierta resaca. La combinación de la noticia mala y de la buena tiene dos efectos: el primero, hacerme ver que yo también estoy metido, igual que todo el mundo, en la rutina ocio/trabajo/entontecimiento sobre la que se sostiene todo el rollo; y la segunda, dejarme el cerebro poco apto para hacer, como tenía pensado para esta semana, una serie de interesantes reflexiones sobre los fenómenos paralelos de desmaterialización/rematerialización de la cultura popular, en concreto la música y… Por dios, me da pereza, y noto más pinchazos en la frente, sólo de pensarlo. Nada: en su actual estado, creo que mi mente sólo da, todo lo más, para contar alguna historia, como si estuviera aún por los bares (mensaje para los bares: vuelvo luego). Vale. Pues hacemos eso: a fin de cuentas, todos estamos igual, ¿no es cierto? Y a todos nos gusta oír historias, ahora más que nunca, a lo mejor… Y el caso es que, precisamente tengo una que es genial, con fotos, además… Ahora: no tiene final. Pero por otra parte, ¿hay algo más contemporáneo que una historia sin final? Y, ¿hay algo más importante que ser contemporáneo? Muy difícilmente. Así que vamos: la historia comienza tras los puntos suspensivos…

# 2. … Durante un tiempo, trabajé de traductor en una empresa de informática y demás. No había muchas traducciones por hacer, y cuando las había, yo nunca me daba mucha prisa (esto es España, ¿no?) Al final, debieron percatarse de mis escaqueos y me “castigaron” asignándome a un proyecto consistente en digitalizar recortes de periódicos sacados del Archivo de La Unión, que es un pueblo de Murcia. Tuvo su momento de esplendor en el siglo pasado, mientras hubo actividad minera: cuando se acabó, entró en crisis. Nunca se ha recuperado, totalmente.

# 3. La gran mayoría de recortes procedía de periódicos locales y/o regionales de la década de los 70. Había subdesarrollo, y horteradas, y mal gusto, y mucha ingenuidad: de alguna forma, y más que de otra época, aquellas historias daban la impresión de proceder de otro país distinto (esto sí que es ingenuo: pero bueno). Mi recorte favorito, de entre los muchísimos que escaneé, es sin duda aquel que contenía la historia de la chica muda y paralítica que terminó recuperando el habla, y alguna movilidad, a base de ver Heidi. En serio. Así. Esto es España, ¿no?

# 4. Resumo mucho, y de memoria, el contenido del artículo (veremos si no meto alguna pata). Los 50, últimos años de la década. Familia numerosa y muy humilde procedente de Mallorca que llega a La Unión. 10 hijos, la mayor una chavala con problemas de salud desde pequeña (en otro orden de cosas, de los 10 hermanos mueren 3). El padre, que encuentra trabajo en una mina, sufre un accidente y no vuelve a currar. Ningún dinero, malas condiciones. De repente, la chavala, que tiene 6 años, o algo menos, y por cierto, se llama Maruja, tiene una especie de ataque y queda paralítica de cuello para abajo, así como incapaz de hablar. Al no haber pasta, no hay cuidados – sólo la visita, gratis, el médico de la familia – y Maruja acaba más o menos confinada en una cama de su casa, aislada, muda, e inmóvil. Va a pasarse así unos veinte años. Cuando la familia puede permitírselo, le ponen una tele para que se pueda distraer.

# 5. 1975. Justo un día después de la muerte de La Momia/Franco, TVE empieza a emit¡r el anime japonés Arupusu no shojo Heidi, aquí tan sólo Heidi y punto. Está basada en dos novelas suizas publicadas en el siglo XIX, su banda sonora es irritante, y el final es milagroso: literalmente. La historia la conocemos: Clara, la amiga paralítica de Heidi, viaja a los Alpes con aquella, y de pronto, puede andar. Maruja ve la serie; sus padres advierten, por sus balbuceos, que le gusta mucho, y le regalan la muñeca con la que aparece en las fotografías. Pues será, quizás, el merchandising, que siempre es un poco mágico, o será, quizás, la identificación con Clara, pero el caso es que Maruja, un día, empieza a hablar y hasta a moverse, trabajosamente, de cintura para arriba.

# 6. En el artículo, no había ningún intento de explicar, racionalmente, el tema. Lo más increíble, de todas maneras, era la conversación entre el firmante del artículo y Maruja, que exhibía un dominio del lenguaje inverosímil para haberse estado tanto tiempo sin hablar (¿habría manipulado el periodista sus palabras?). Me quedé con tres declaraciones suyas: (a) estaba segura de que cuando repusieran Heidi, recuperaría completamente la movilidad (“sería mi salvación”, decía); (b) quería interpretar a Clara en una hipotética versión cinematográfica de la serie; y (c) el mayor de sus deseos era darle una paliza a sus hermanos, que se habían dedicado a hacerle toda clase de putadas durante los años duros.

# 7. Cuando terminé de leer aquello, me reí pero también me dio vergüenza hacerlo. Luego, decidí que escribiría un cuento a partir de la historia, aunque, para variar, nunca lo hice. Busqué información por ahí sobre Maruja, pero no encontré absolutamente nada. Qué moderno: las historias aparecen, y después se van sin más (¿principio, nudo, desenlace? Eso es del siglo XIX, y… ) Vaya. No sé si será que se me está pasando la resaca, pero acaba de surgirme, a partir de esto, una metáfora o una idea: ante la cultura popular, no somos más que paralíticos en busca de la salvación, o algo. Somos gente que llevamos vidas más o menos complicadas, más o menos fáciles, o las dos cosas a la vez, y que buscamos en las series, las canciones, las películas, y todo eso, cosas que la realidad no puede darnos: distracción de nuestras crisis y follones cotidianos, o respuestas que la gente no es capaz de articular, o algún modelo con el que identificarnos, o… Pero no, esto es muy simplista, y ya se ha dicho, y además pasaba antes del pop. Sin ir más lejos, las tragedias griegas: la gente acudía a las representaciones para liberar sus emociones/frustraciones a través de la anagnorisis y la catarsis (atención viciosos: no son drogas, sino estados de ánimo inducidos por la intensidad de la acción dramática y… Vaya: se me acaba de ocurrir otra idea… )

# 8. (… Un final para la historia, vamos. No nos engañemos: el final auténtico, debió de ser muy diferente y muy muy triste, pero creo que le debo una a Maruja, y ahora estamos en verano y la tristeza es antiestética o probablemente demasiado estética y… ) En un momento dado, tuvo que admitir dos cosas: la primera, que no había recuperado el habla, ni tampoco la capacidad para moverse de cintura para arriba, gracias a ver Heidi; la segunda, que jamás podría andar y que por extensión, nunca podría interpretar a Clara. Esto no sucedió porque volvieran a poner la serie y no se levantara de la silla en el momento cumbre, cuando Clara avanza por una pradera de colores muy primarios hacia su padre y su abuela (Heidi no volvió a emitirse hasta el 87: y no la vio). Admitió ambas cosas porque así se lo explicaron, con cariño pero sin excusas, todos y cada uno de los médicos que la atendían en el centro de la Fundación de ayuda a minusválidos en el que fue ingresada no mucho después de que unos cuantos medios nacionales de la época se hicieran eco del artículo. La Fundación, y el centro, estaban en Madrid y su creación era reciente: la familia de Maruja no debió abonar ninguna cantidad por el ingreso, ni tampoco por el tratamiento ni la rehabilitación, que fue compleja y dolorosa; con el tiempo, sin embargo, reflexionaría y se diría a sí misma que aprender a ser realista había sido más difícil que aprender a controlar lo que aún podía salvarse de su cuerpo. Paralelamente al tratamiento, recibió diversos cursos de educación de adultos y empezó, a la vez, a leer mucho, en especial teatro: aunque se había resignado a no ser nunca Clara sobre un escenario, la idea de la representación no había dejado de fascinarle. Leyó, por lo demás, los libros de Heidi y le decepcionaron por lo blandos (el realismo no perdona nunca, una vez que se asume). Aparte de leer, le dio también por escribir, textos muy personales que nunca enseñaba a nadie. Con el tiempo, regresó a La Unión. Habían cambiado algunas cosas, en su casa y en España, en general. Sus padres habían muerto, y ahora había la posibilidad de proseguir la rehabilitación en un centro de Murcia, al que que tan sólo había de desplazarse algunos días a la semana: el resto, los pasaba en la que ahora era su casa de La Unión. Vivía con uno de sus hermanos, su mujer, y la hija de ambos (este hermano suyo, en otro orden de cosas, era el que peor la había tratado durante los años duros; luego se enmendó, pero ella, no llegó jamás a perdonarlo). No podían permitirse lujos y pasaban alguna estrechez, pero no estaban mal. Maruja, aparte, se llevaba extraordinariamente bien con su sobrina, que debía andar, cuando se le ocurrió la idea de la adaptación, por los 14 años, es decir: la edad de Clara. Había un grupo de teatro de aficionados en la asociación de vecinos de su barrio, que solía frecuentar. Habló con ellos, les gustó la idea – aunque después dudó de si la hubieran aceptado con tanto entusiasmo, de no habérsela propuesto una mujer en silla de ruedas – y empezó a escribir la adaptación, a partir de los libros y de sus recuerdos de la serie. Pronto, cambió cosas. Había visto en la televisión noticias sobre diversos montajes de obras de teatro antiguas cuyos directores trasladaban la acción de la obra a un tiempo diferente, incluso al momento actual. La idea le gustó, y de esta manera, situó la acción en los años 70 y en La Unión, aunque lo más extraño que hizo fue lo del final: Clara no echaba a andar por visitar Los Alpes, sino al ver unas imágenes de aquellos en la tele (también le dio vueltas a la posibilidad de que muriera nada más haberse levantado de la silla: pero si el realismo es la cara, la cruz es asumir que los finales tristes nunca se perdonan: mantuvo el milagro). Aunque los cambios no gustaron mucho, nadie discutió, lo mismo que no discutieron que impusiera a su sobrina para hacer de Clara, ni que casi desplazara al director del grupo durante los ensayos, en los cuales demostró un mal genio inédito. La noche del estreno, entró a la sala de actos de la asociación con su vieja muñeca de Heidi entre las manos: intentó convencerse de que era más un rasgo extravagante que un gesto nostálgico. Su hermano, orgulloso, empujaba la silla. Estaba ansiosa: ¿cómo se sentiría al ver la curación de Clara, interpretada por otra persona pero que en el fondo, al ser de su familia, no dejaba de ser ella misma? ¿Se vendría abajo, a lo mejor? Tenía tantas ganas de que llegara el final, que no se fijó mucho ni en lo malos que eran casi todos los actores – su sobrina, sobre todo – ni en la forma que tenían de ignorar sus directrices. Entonces llegó el momento: le ponen la tele a Clara, ve los Alpes (no ve nada, en realidad: la tele estaba de espaldas al público, apagada, y correspondía a la niña que hacía de Heidi informar al público de lo que Clara estaba viendo), su sobrina empieza a levantarse, lentamente (dios, qué mala), se incorpora ya del todo, empieza a andar y… Luego, avergonzada, explicaría que había tropezado con el cable, que no lo había visto: el resultado, en cualquier caso, fue que aparte de caerse, tiró la televisión al suelo, y la hizo polvo, con el consiguiente caos sobre la escena y entre el público, que rodeó a la accidentada, atropellándose para atenderla. No tenía más que el golpe y una brecha muy pequeña en la ceja derecha, pero lloraba desconsoladamente. La obra quedó suspendida de forma espontánea, y alguien acercó a Maruja al escenario. Miró a su sobrina y a su hermano. La subieron, y miró a su hermano una vez más, con una mirada que este no reconoció. La situaron junto a su sobrina, le pasó la mano por el pelo, torpemente, y le dio la muñeca, sonriendo. “Quédatela”, le dijo; “la necesitas más que yo”. Y más tarde, pensó para sí que todo había salido a la perfección.

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