05 sep, 2008

El idiota enmascarado # 4. Vamos a fingir que existimos

Publicado por Antonio en la categoría Columnas|El Idiota Enmascarado

# 8. Hoy, lo mismo que hace dos semanas, tengo dos noticias: malas. Una, que ayer por la tarde el Barcelona hizo el ridículo; dos, que esta mañana he vuelto a trabajar. Es 1 de septiembre: estoy en la oficina. Es el día de vuelta tras las vacaciones y todo me da una sensación de inexistencia: con poco que hacer (o mucho), y destrozados por haber dormido mal anoche después de semanas acostándose a deshora, y abrumados por la perspectiva de otro año de más de lo mismo, yo diría que la gente no parece gente sino más bien hologramas de sí mismos. Esta sensación de inexistencia se acrecienta por dos cosas. La primera, que uno de mis jefes – normalmente plasta, y envarado, y obsesivo – se está paseando con toda tranquilidad por la oficina para saludarnos, uno a uno, y luego comentar las vacaciones amistosamente (me resulta inverosímil); la segunda, la canción de Of Montreal que estoy oyendo. El estribillo dice: “Finjamos que no existimos / Finjamos que estamos en un artículo”. (¿Sabrá mi jefe que estoy escribiendo un artículo en horario de trabajo, y que él es uno de los personajes? Lo tengo a 8 mesas de la mía).

# 7. Lo último que he sabido de Of Montreal es que sacan “disco” en octubre. Aparecerá en siete formatos: cd, vinilo, y… Camiseta, colección de botones, bolsa, calcomanías, y lámpara de papel (mirad el link). No es que se trate de coger la lámpara y meterla en un reproductor, o de intentar conectarla al ordenador mediante un cable para que suene: quienes adquieran uno de los formatos raros, obtendrán un código para descargarse unos archivos de audio: el disco en sí. La idea, es ofrecer “algo más guai que un jpg para acompañar la música”. (Lo tengo a 7 mesas)

# 6. Lo de los formatos raros me dio que pensar, y al mismo tiempo hizo que me acordara de la canción nueva de Franz Ferdinand, que puede oírse en su página web. No pasa de ramplona: lo curioso es la presentación. Tras registrarse, el aficionado al hype accede a una pantalla en la que puede verse una fotografía de varios vinilos; si pincha en “start”, observará un vinilo dando vueltas, sobre el que caerá la aguja de rigor, animación mediante: hay ruido de electricidad estática que evoca la época gloriosa de los singles de vinilo y ya de paso, impide ripear la música en perfectas condiciones. La canción empieza: de no convencernos, podemos pararla pinchando en “stop”, tras lo cual veremos la aguja levantarse; como de verdad, pero de mentira. (Lo tengo a 6 mesas)

# 5. Las acciones/estrategias de marketing paralelas de Of Montreal y Franz Ferdinand son diferentes: la primera es arty-vanguardista, la segunda más retro-moderna. Sin embargo, ambas apuntan en la misma dirección, que es la de la nostalgia. Ojo: no me refiero al constante revival de estilos pasados que parece ser el único argumento de la cultura popular, y específicamente de la música pop – ya sea la análogica, la electrónica, o la de en medio – de un tiempo a esta parte (hay quien sitúa, por cierto, el inicio del revival perpetuo en 1986, coincidiendo con el final del post-punk y el principio del indie, así como con la extensión del uso del sampler y el inicio de las reediciones masivas de material antiguo). No: esa nostalgia de la que hablo es de otra clase. Llegados a este punto, voy a permitirme una frase pedante, o una más: la nostalgia que yo veo en estas cosas de Franz Ferdinand y Of Montreal, es la nostalgia de lo material; toma ya. Intentaré explicarme; en otro orden de cosas, casi todo lo que sigue está copiado/sampleado de Walter Benjamin: leedlo a él, pasad de mí. (Lo tengo a 5 mesas)

# 4. De acuerdo: la cultura se hace popular – en el sentido de masiva – cuando empieza a ser posible reproducir, a gran escala, sonidos, imágenes, etcétera, por medios técnicos. Veamos. Antes de 1888, si uno quería escuchar, pongamos, una pieza de Beethoven o cualquier otro dj o remezclador de la época, necesitaba tres cosas, como poco: una partitura, un piano, y un pianista. Si no había eso, no había Beethoven. La música, igual que cualquier obra de arte, tenía entonces un tiempo y un espacio únicos, un contexto – el museo, la sala de conciertos, el salón burgués – fuera del cual no existía para el oyente/espectador. Sin embargo, a partir de del desarrollo de sistemas de almacenaje y reproducción del sonido viables, y de la invención de la fotografía (década de los treinta del siglo XIX, aunque venía de antes), todo cambia: la placa del gramófono sustituye al pianista, y la reproducción fotográfica del cuadro, al cuadro mismo; el cuarto de estar donde se pone el gramófono o se cuelga la fotografía se vuelve sala de conciertos y museo. Conclusión: la reproducción técnica destruye el contexto único de la obra de arte y la convierte en masiva, al llevarla allá donde cualquier espectador/oyente elige estar. Hablando en un lenguaje más contemporáneo: la posibilidad de la reproducción técnica introduce la posibilidad de convertir la cultura y el arte en portátiles. (Lo tengo a 4 mesas)

# 3. Benjamin analizó la cuestión de la reproducción técnica en los años 30 del siglo pasado, pero lo más portátil que conoció en vida fue el gramófono: yo tengo el de mi bisabuelo, y puedo asegurar que de portátil tiene poco. Y aún así, aquel fue el principio de un largo proceso que conduce hasta ese Ipod que, oh modernos, valoráis incluso más que vuestra propia vida (social). De las placas se pasó a los vinilos, de ahí a las cintas y al cd; y de ahí, a los formatos electrónicos. En este proceso, hay una constante y una ruptura. La constante es que cada formato nuevo, y cada nuevo instrumento de reproducción, es menos engorroso, y más portátil, que el anterior: el discman es más portátil que el radiocasette, y el Ipod mucho más que cualquiera de los dos; el cd es más manejable que el vinilo, y el mp3, sencillamente, ni se ve ni se toca… Lo cual lleva a la ruptura: a partir de la introducción de los medios digitales – que permiten la reducción de sonidos y demás, a secuencias de información inmateriales – desaparece la asociación entre la obra y su formato físico correspondiente. La música, antes, ocupaba sitio: un vinilo, o un cd, o una cinta llenan espacio en una estantería. Son objetos – son materia – y como tales permiten hacer cosas materiales con ellos: incorporarles portadas, añadirles libretos… Pero, con un archivo de audio, que no existe físicamente, ¿qué haces? ¿Qué portada le pones? Sí, puedes asociarle un jpg, que luego queda muy gracioso en el Itunes, pero… (Lo tengo a 3 mesas)

# 2. Esta es la paradoja: la posibilidad de almacenar y reproducir la música técnicamente, nos había acostumbrado a considerarla algo material, aunque fuera al contrario; confundíamos el formato de almacenamiento con la información almacenada. Porque no comprábamos sólo música: comprábamos objetos, discos y cds – y hacíamos cds, y cintas – que se componían de música y otras cosas. Ahora, gracias a lo digital, tenemos la música y la cultura mucho más cerca de lo que nunca imaginó Benjamin. Agotamos myspaces y blogs, y nos descargamos canciones que la mayoría de las veces no tenemos ni tiempo de escuchar, y atiborramos nuestros reproductores de mp3 de material del que, en apenas 3 o 4 días, nos hemos hartado. La música existe de una forma mucho más fiel a sí misma que nunca (es decir, es más inmaterial que nunca), pero existe a la vez una nostalgia inconsciente de aquello que podíamos tocar aunque se estropeara, y quitara espacio, y no pudiera llevarse por ahí. Cuando la cultura, en general, empieza a desmaterializarse sin remedio – ya hay expertos que señalan el 2050 como el año de la desaparición de la prensa escrita en favor de la electrónica, y con ella seguramente de los libros en papel; y veremos a ver cuanto tiempo le queda a los cines – hay una nostalgia de los objetos que el equipo de diseñadores de Franz Ferdinand resuelve de la manera fácil, reanimando, igual que se reanima a un zombie, formatos antiguos cuya supervivencia se basa sólo en nuestro fetichismo (bueno, en nuestro fetichismo, y en que el vinilo es mil veces mejor que cualquier otro formato: hay que decirlo). Quizás, la tontuna de Of Montreal se acerque más a la verdad: nos recuerda que no podemos prescindir de los nuevos formatos inmateriales, pero que a la vez echamos de menos la fase material de la cultura. Porque nos gusta lo que podemos tocar, y ver, y ver cómo cambia, o no, mientras nosotros también cambiamos. (Lo tengo a 2 mesas)

# 1. Solo una cosa, para terminar: el proceso de desmaterialización, ¿es exclusivo de los objetos? O ¿también podrá llegar a afectar a los humanos? Esto que digo ahora no es coña: hay científicos bastante serios que sostienen que para el famoso 2050, será posible transformar la conciencia de un ser humano en una secuencia de información para su posterior descarga a un ordenador (lo cual sería una manera de asegurar la inmortalidad, dicen, al poder insertar luego nuestra mente en otros cuerpos especialmente preparados para ello). ¿Sentiremos, entonces – cuando sólo seamos secuencias de unos y ceros – nostalgia del cuerpo, igual que ahora podemos sentir nostalgia de los objetos? ¿Podremos convertir la mente en pistas de reproducción para el equivalente del Ipod en el futuro? ¿Podremos ser inmateriales de verdad? No como hoy, en mi oficina: todo era metáfora, obviamente. (Lo tengo a 1 mesa)

# 0. (Ya está. Mi jefe termina la conversación con la compañera que tengo al lado y avanza hacia mi mesa, lentamente. Me preparó para ocultar la ventana del Word en la que he estado escribiendo este artículo. ¿Sabrá mi jefe quiénes son Franz Ferdinand, y Of Montreal, y Walter Benjamin, y estas historias? Lo dudo mucho. Lo más cerca que han estado nuestros mundos fue aquel día, a principios de mayo pasado, cuando se enteró de que los días libres que pedíamos eran para ir al Primavera: nos soltó que si nos íbamos a escuchar rock y a tomar drogas. Literal. Y estuvimos a punto de responderle… De responderle que rock, lo que se dice rock, pues no, obviamente. Creo que ni siquiera voy a ocultar la ventana: no se va a dar cuenta. Y si lo hace… Ambos nos sonreímos, educadamente. Pienso en si algún día podré descargarme la conciencia de mi jefe del emule de mentes, igual que hoy me descargo de todo. Mientras lo saludo, soy incapaz de imaginarme lo que él podrá estar pensando, así que intento imaginar, en vez de eso, las posibles consecuencias que puede tener el que dos hologramas se estrechen la mano)

My Weeks in Lists, or Whatever: Me he terminado los capítulos de Generation Kill (fantástica) y me he encontrado una película maravillosa en CTK (siguen dándola, mirad): es francesa, del 47, en blanco y negro (en este punto, ya ha dejado de leer casi todo el mundo) y se llama Manon. El director es Georges-Henri Clouzot, y la película es una mezcla de melodrama exageradísimo y amor loco surrealista rodada de una manera increíblemente moderna, a veces. En cuanto a música: Lindstrom, Flying Lotus, Lesser Álvarez González, y el (a ratos) increíble nuevo disco de Brian Wilson. Y si alguien quiere leer algo, que pruebe con este libro de Richard Ford: hay que darle una oportunidad al realismo, ahora que nos vamos volviendo irreales.

P. D. El Idiota Enmascarado desaparece un tiempo para emprender ambiciosos proyectos o insensatas gilipolleces. Stay tuned.

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