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	<title>desaparezca.net &#187; idiota</title>
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	<description>Vanishing culture blog</description>
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		<title>El idiota enmascarado # 4. Vamos a fingir que existimos</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Sep 2008 08:20:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio</dc:creator>
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		<category><![CDATA[El Idiota Enmascarado]]></category>
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		<description><![CDATA[# 8. Hoy, lo mismo que hace dos semanas, tengo dos noticias: malas. Una, que ayer por la tarde el Barcelona hizo el ridículo; dos, que esta mañana he vuelto a trabajar. Es 1 de septiembre: estoy en la oficina. Es el día de vuelta tras las vacaciones y todo me da una sensación de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p># 8. Hoy, lo mismo que hace dos semanas, tengo dos noticias: malas. Una, que ayer por la tarde el Barcelona hizo el ridículo; dos, que esta mañana he vuelto a trabajar. Es 1 de septiembre: estoy en la oficina. Es el día de vuelta tras las vacaciones y todo me da una sensación de inexistencia: con poco que hacer (o mucho), y destrozados por haber dormido mal anoche después de semanas acostándose a deshora, y abrumados por la perspectiva de otro año de más de lo mismo, yo diría que la gente no parece gente sino más bien hologramas de sí mismos. Esta sensación de inexistencia se acrecienta por dos cosas. La primera, que uno de mis jefes &#8211; normalmente plasta, y envarado, y obsesivo &#8211; se está paseando con toda tranquilidad por la oficina para saludarnos, uno a uno, y luego comentar las vacaciones amistosamente (me resulta inverosímil); la segunda, la <a href="http://es.youtube.com/watch?v=J87fTHOBLHQ&amp;feature=related" target="_blank"><strong>canción de Of Montreal</strong></a> que estoy oyendo. El estribillo dice: <em>“Finjamos que no existimos / Finjamos que estamos en un artículo”</em>. (¿Sabrá mi jefe que estoy escribiendo un artículo en horario de trabajo, y que él es uno de los personajes? Lo tengo a 8 mesas de la mía).</p>
<p><span id="more-1676"></span></p>
<p># 7. Lo último que he sabido de Of Montreal es que sacan “disco” en octubre. Aparecerá en <a href="http://www.pitchforkmedia.com/article/news/144639-of-montreal-issue-album-via-lantern-tote-bag-stickers" target="_blank"><strong>siete formatos</strong></a>: cd, vinilo, y&#8230; Camiseta, colección de botones, bolsa, calcomanías, y lámpara de papel (mirad el link). No es que se trate de coger la lámpara y meterla en un reproductor, o de intentar conectarla al ordenador mediante un cable para que suene: quienes adquieran uno de los formatos raros, obtendrán un código para descargarse unos archivos de audio: el disco en sí. La idea, es ofrecer “algo más guai que un jpg para acompañar la música”. (Lo tengo a 7 mesas)</p>
<p># 6. Lo de los formatos raros me dio que pensar, y al mismo tiempo hizo que me acordara de la <a href="http://www.franzferdinand.co.uk/lucid-dreams/index.html" target="_blank"><strong>canción nueva</strong></a> de Franz Ferdinand, que puede oírse en su página web. No pasa de ramplona: lo curioso es la presentación. Tras registrarse, el aficionado al hype accede a una pantalla en la que puede verse una fotografía de varios vinilos; si pincha en “start”, observará un vinilo dando vueltas, sobre el que caerá la aguja de rigor, animación mediante: hay ruido de electricidad estática que evoca la época gloriosa de los singles de vinilo y ya de paso, impide ripear la música en perfectas condiciones. La canción empieza: de no convencernos, podemos pararla pinchando en “stop”, tras lo cual veremos la aguja levantarse; como de verdad, pero de mentira. (Lo tengo a 6 mesas)</p>
<p># 5. Las acciones/estrategias de marketing paralelas de Of Montreal y Franz Ferdinand son diferentes: la primera es arty-vanguardista, la segunda más retro-moderna. Sin embargo, ambas apuntan en la misma dirección, que es la de la nostalgia. Ojo: no me refiero al constante revival de estilos pasados que parece ser el único argumento de la cultura popular, y específicamente de la música pop &#8211; ya sea la análogica, la electrónica, o la de en medio &#8211; de un tiempo a esta parte (hay quien sitúa, por cierto, el inicio del revival perpetuo en 1986, coincidiendo con el final del post-punk y el principio del indie, así como con la extensión del uso del sampler y el inicio de las reediciones masivas de material antiguo). No: esa nostalgia de la que hablo es de otra clase. Llegados a este punto, voy a permitirme una frase pedante, o una más: la nostalgia que yo veo en estas cosas de Franz Ferdinand y Of Montreal, es la nostalgia de lo material; toma ya. Intentaré explicarme; en otro orden de cosas, casi todo lo que sigue está copiado/sampleado de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Walter_Benjamin" target="_blank"><strong>Walter Benjamin</strong></a>: leedlo a él, pasad de mí. (Lo tengo a 5 mesas)</p>
<p># 4. De acuerdo: la cultura se hace popular &#8211; en el sentido de masiva &#8211; cuando empieza a ser posible reproducir, a gran escala, sonidos, imágenes, etcétera, por medios técnicos. Veamos. Antes de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Gram%C3%B3fono" target="_blank"><strong>1888</strong></a>, si uno quería escuchar, pongamos, una pieza de Beethoven o cualquier otro dj o remezclador de la época, necesitaba tres cosas, como poco: una partitura, un piano, y un pianista. Si no había eso, no había Beethoven. La música, igual que cualquier obra de arte, tenía entonces un tiempo y un espacio únicos, un contexto &#8211; el museo, la sala de conciertos, el salón burgués &#8211; fuera del cual no existía para el oyente/espectador. Sin embargo, a partir de del desarrollo de sistemas de almacenaje y reproducción del sonido viables, y de la invención de la fotografía (década de los treinta del siglo XIX, aunque venía <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_fotograf%C3%ADa" target="_blank"><strong>de antes</strong></a>), todo cambia: la placa del gramófono sustituye al pianista, y la reproducción fotográfica del cuadro, al cuadro mismo; el cuarto de estar donde se pone el gramófono o se cuelga la fotografía se vuelve sala de conciertos y museo. Conclusión: la reproducción técnica destruye el contexto único de la obra de arte y la convierte en masiva, al llevarla allá donde cualquier espectador/oyente elige estar. Hablando en un lenguaje más contemporáneo: la posibilidad de la reproducción técnica introduce la posibilidad de convertir la cultura y el arte en portátiles. (Lo tengo a 4 mesas)</p>
<p># 3. Benjamin analizó la cuestión de la reproducción técnica en los años 30 del siglo pasado, pero lo más portátil que conoció en vida fue el gramófono: yo tengo el de mi bisabuelo, y puedo asegurar que de portátil tiene poco. Y aún así, aquel fue el principio de un largo proceso que conduce hasta ese Ipod que, oh modernos, valoráis incluso más que vuestra propia vida (social). De las placas se pasó a los vinilos, de ahí a las cintas y al cd; y de ahí, a los formatos electrónicos. En este proceso, hay una constante y una ruptura. La constante es que cada formato nuevo, y cada nuevo instrumento de reproducción, es menos engorroso, y más portátil, que el anterior: el discman es más portátil que el radiocasette, y el Ipod mucho más que cualquiera de los dos; el cd es más manejable que el vinilo, y el mp3, sencillamente, ni se ve ni se toca&#8230; Lo cual lleva a la ruptura: a partir de la introducción de los medios digitales &#8211; que permiten la reducción de sonidos y demás, a secuencias de información inmateriales &#8211; desaparece la asociación entre la obra y su formato físico correspondiente. La música, antes, ocupaba sitio: un vinilo, o un cd, o una cinta llenan espacio en una estantería. Son objetos &#8211; son materia &#8211; y como tales permiten hacer cosas materiales con ellos: incorporarles portadas, añadirles libretos&#8230; Pero, con un archivo de audio, que no existe físicamente, ¿qué haces? ¿Qué portada le pones? Sí, puedes asociarle un jpg, que luego queda muy gracioso en el Itunes, pero&#8230; (Lo tengo a 3 mesas)</p>
<p># 2. Esta es la paradoja: la posibilidad de almacenar y reproducir la música técnicamente, nos había acostumbrado a considerarla algo material, aunque fuera al contrario; confundíamos el formato de almacenamiento con la información almacenada. Porque no comprábamos sólo música: comprábamos objetos, discos y cds &#8211; y hacíamos cds, y cintas &#8211; que se componían de música y otras cosas. Ahora, gracias a lo digital, tenemos la música y la cultura mucho más cerca de lo que nunca imaginó Benjamin. Agotamos myspaces y blogs, y nos descargamos canciones que la mayoría de las veces no tenemos ni tiempo de escuchar, y atiborramos nuestros reproductores de mp3 de material del que, en apenas 3 o 4 días, nos hemos hartado. La música existe de una forma mucho más fiel a sí misma que nunca (es decir, es más inmaterial que nunca), pero existe a la vez una nostalgia inconsciente de aquello que podíamos tocar aunque se estropeara, y quitara espacio, y no pudiera llevarse por ahí. Cuando la cultura, en general, empieza a desmaterializarse sin remedio &#8211; ya hay expertos que señalan el 2050 como el año de la desaparición de la prensa escrita en favor de la electrónica, y con ella seguramente de los libros en papel; y veremos a ver cuanto tiempo le queda a los cines &#8211; hay una nostalgia de los objetos que el equipo de diseñadores de Franz Ferdinand resuelve de la manera fácil, reanimando, igual que se reanima a un zombie, formatos antiguos cuya supervivencia se basa sólo en nuestro fetichismo (bueno, en nuestro fetichismo, y en que el vinilo es mil veces mejor que cualquier otro formato: hay que decirlo). Quizás, la tontuna de Of Montreal se acerque más a la verdad: nos recuerda que no podemos prescindir de los nuevos formatos inmateriales, pero que a la vez echamos de menos la fase material de la cultura. Porque nos gusta lo que podemos tocar, y ver, y ver cómo cambia, o no, mientras nosotros también cambiamos. (Lo tengo a 2 mesas)</p>
<p># 1. Solo una cosa, para terminar: el proceso de desmaterialización, ¿es exclusivo de los objetos? O ¿también podrá llegar a afectar a los humanos? Esto que digo ahora no es coña: hay <a href="http://www.clarin.com/diario/2005/05/31/conexiones/t-986341.htm" target="_blank"><strong>científicos bastante serios</strong></a> que sostienen que para el famoso 2050, será posible transformar la conciencia de un ser humano en una secuencia de información para su posterior descarga a un ordenador (lo cual sería una manera de asegurar la inmortalidad, dicen, al poder insertar luego nuestra mente en otros cuerpos especialmente preparados para ello). ¿Sentiremos, entonces &#8211; cuando sólo seamos secuencias de unos y ceros &#8211; nostalgia del cuerpo, igual que ahora podemos sentir nostalgia de los objetos? ¿Podremos convertir la mente en pistas de reproducción para el equivalente del Ipod en el futuro? ¿Podremos ser inmateriales de verdad? No como hoy, en mi oficina: todo era metáfora, obviamente. (Lo tengo a 1 mesa)</p>
<p># 0. (Ya está. Mi jefe termina la conversación con la compañera que tengo al lado y avanza hacia mi mesa, lentamente. Me preparó para ocultar la ventana del Word en la que he estado escribiendo este artículo. ¿Sabrá mi jefe quiénes son Franz Ferdinand, y Of Montreal, y Walter Benjamin, y estas historias? Lo dudo mucho. Lo más cerca que han estado nuestros mundos fue aquel día, a principios de mayo pasado, cuando se enteró de que los días libres que pedíamos eran para ir al Primavera: nos soltó que si nos íbamos a escuchar rock y a tomar drogas. Literal. Y estuvimos a punto de responderle&#8230; De responderle que rock, lo que se dice rock, pues no, obviamente. Creo que ni siquiera voy a ocultar la ventana: no se va a dar cuenta. Y si lo hace&#8230; Ambos nos sonreímos, educadamente. Pienso en si algún día podré descargarme la conciencia de mi jefe del emule de mentes, igual que hoy me descargo de todo. Mientras lo saludo, soy incapaz de imaginarme lo que él podrá estar pensando, así que intento imaginar, en vez de eso, las posibles consecuencias que puede tener el que dos hologramas se estrechen la mano)</p>
<p>My Weeks in Lists, or Whatever: Me he terminado los capítulos de Generation Kill (fantástica) y me he encontrado una película maravillosa en CTK (siguen dándola, mirad): es francesa, del 47, en blanco y negro (en este punto, ya ha dejado de leer casi todo el mundo) y se llama Manon. El director es Georges-Henri Clouzot, y la película es una mezcla de melodrama exageradísimo y amor loco surrealista rodada de una manera increíblemente moderna, a veces. En cuanto a música: <a href="http://www.myspace.com/feedelity" target="_blank"><strong>Lindstrom</strong></a>, <a href="http://www.myspace.com/flyinglotus" target="_blank"><strong>Flying Lotus</strong></a>, <a href="http://profile.myspace.com/index.cfm?fuseaction=user.viewprofile&amp;friendID=102103404" target="_blank"><strong>Lesser Álvarez González</strong></a>, y el (a ratos) increíble nuevo disco de <a href="www.myspace.com/officialbrianwilson" target="_blank"><strong>Brian Wilson</strong></a>. Y si alguien quiere leer algo, que pruebe con <a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_184" target="_blank"><strong>este libro</strong></a> de Richard Ford: hay que darle una oportunidad al realismo, ahora que nos vamos volviendo irreales.</p>
<p>P. D. El Idiota Enmascarado desaparece un tiempo para emprender ambiciosos proyectos o insensatas gilipolleces. Stay tuned.</p>
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		<title>El idiota enmascarado # 3. Parálisis (no) permanente</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Aug 2008 07:00:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p># 1. Hay una noticia buena y otra mala. La noticia buena (para mí) es que estoy de vacaciones; la noticia mala (también para mí) es que tengo una cierta resaca. La combinación de la noticia mala y de la buena tiene dos efectos: el primero, hacerme ver que yo también estoy metido, igual que todo el mundo, en la rutina ocio/trabajo/entontecimiento sobre la que se sostiene todo el rollo; y la segunda, dejarme el cerebro poco apto para hacer, como tenía pensado para esta semana, una serie de interesantes reflexiones sobre los fenómenos paralelos de desmaterialización/rematerialización de la cultura popular, en concreto la música y&#8230; Por dios, me da pereza, y noto más pinchazos en la frente, sólo de pensarlo. Nada: en su actual estado, creo que mi mente sólo da, todo lo más, para contar alguna historia, como si estuviera aún por los bares (mensaje para los bares: vuelvo luego). Vale. Pues hacemos eso: a fin de cuentas, todos estamos igual, ¿no es cierto? Y a todos nos gusta oír historias, ahora más que nunca, a lo mejor&#8230; Y el caso es que, precisamente tengo una que es genial, con fotos, además&#8230; Ahora: no tiene final. Pero por otra parte, ¿hay algo más contemporáneo que una historia sin final? Y, ¿hay algo más importante que ser contemporáneo? Muy difícilmente. Así que vamos: la historia comienza tras los puntos suspensivos&#8230;</p>
<p><span id="more-1596"></span></p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-1598" title="01" src="http://www.desaparezca.net/blog/wp-content/uploads/2008/08/01.jpg" alt="" width="500" height="375" /></p>
<p># 2. &#8230; Durante un tiempo, trabajé de traductor en una empresa de informática y demás. No había muchas traducciones por hacer, y cuando las había, yo nunca me daba mucha prisa (esto es España, ¿no?) Al final, debieron percatarse de mis escaqueos y me “castigaron” asignándome a un proyecto consistente en digitalizar recortes de periódicos sacados del Archivo de <a href="http://maps.google.es/maps?q=la+uni%C3%B3n&amp;ie=UTF-8&amp;oe=utf-8&amp;rls=org.mozilla:es-ES:official&amp;client=firefox-a&amp;um=1&amp;sa=X&amp;oi=geocode_result&amp;resnum=1&amp;ct=title " target="_blank"><strong>La Unión</strong></a>, que es un pueblo de Murcia. Tuvo su momento de esplendor en el siglo pasado, mientras hubo actividad minera: cuando se acabó, entró en crisis. Nunca se ha recuperado, totalmente.</p>
<p># 3. La gran mayoría de recortes procedía de periódicos locales y/o regionales de la década de los 70. Había subdesarrollo, y horteradas, y mal gusto, y mucha ingenuidad: de alguna forma, y más que de otra época, aquellas historias daban la impresión de proceder de otro país distinto (esto sí que es ingenuo: pero bueno). Mi recorte favorito, de entre los muchísimos que escaneé, es sin duda aquel que contenía la historia de la chica muda y paralítica que terminó recuperando el habla, y alguna movilidad, a base de ver Heidi. En serio. Así. Esto es España, ¿no?</p>
<p># 4. Resumo mucho, y de memoria, el contenido del artículo (veremos si no meto alguna pata). Los 50, últimos años de la década. Familia numerosa y muy humilde procedente de Mallorca que llega a La Unión. 10 hijos, la mayor una chavala con problemas de salud desde pequeña (en otro orden de cosas, de los 10 hermanos mueren 3). El padre, que encuentra trabajo en una mina, sufre un accidente y no vuelve a currar. Ningún dinero, malas condiciones. De repente, la chavala, que tiene 6 años, o algo menos, y por cierto, se llama Maruja, tiene una especie de ataque y queda paralítica de cuello para abajo, así como incapaz de hablar. Al no haber pasta, no hay cuidados &#8211; sólo la visita, gratis, el médico de la familia &#8211; y Maruja acaba más o menos confinada en una cama de su casa, aislada, muda, e inmóvil. Va a pasarse así unos veinte años. Cuando la familia puede permitírselo, le ponen una tele para que se pueda distraer.</p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-1599" title="02" src="http://www.desaparezca.net/blog/wp-content/uploads/2008/08/02.jpg" alt="" width="500" height="375" /></p>
<p># 5. 1975. Justo un día después de la muerte de La Momia/Franco, TVE empieza a emit¡r el anime japonés <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Heidi_(anime) " target="_blank"><strong>Arupusu no shojo Heidi</strong></a>, aquí tan sólo Heidi y punto. Está basada en dos novelas suizas publicadas en el siglo XIX, su banda sonora es irritante, y el final es milagroso: literalmente. La historia la conocemos: Clara, la amiga paralítica de Heidi, viaja a los Alpes con aquella, y de pronto, <a href="http://es.youtube.com/watch?v=oGBeZ95twS8 " target="_blank"><strong>puede andar</strong></a>. Maruja ve la serie; sus padres advierten, por sus balbuceos, que le gusta mucho, y le regalan la muñeca con la que aparece en las fotografías. Pues será, quizás, el merchandising, que siempre es un poco mágico, o será, quizás, la identificación con Clara, pero el caso es que Maruja, un día, empieza a hablar y hasta a moverse, trabajosamente, de cintura para arriba.</p>
<p># 6. En el artículo, no había ningún intento de explicar, racionalmente, el tema. Lo más increíble, de todas maneras, era la conversación entre el firmante del artículo y Maruja, que exhibía un dominio del lenguaje inverosímil para haberse estado tanto tiempo sin hablar (¿habría manipulado el periodista sus palabras?). Me quedé con tres declaraciones suyas: (a) estaba segura de que cuando repusieran Heidi, recuperaría completamente la movilidad (“sería mi salvación”, decía); (b) quería interpretar a Clara en una hipotética versión cinematográfica de la serie; y (c) el mayor de sus deseos era darle una paliza a sus hermanos, que se habían dedicado a hacerle toda clase de putadas durante los años duros.</p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-1600" title="03" src="http://www.desaparezca.net/blog/wp-content/uploads/2008/08/03.jpg" alt="" width="500" height="375" /></p>
<p># 7.  Cuando terminé de leer aquello, me reí pero también me dio vergüenza hacerlo. Luego, decidí que escribiría un cuento a partir de la historia, aunque, para variar, nunca lo hice. Busqué información por ahí sobre Maruja, pero no encontré absolutamente nada. Qué moderno: las historias aparecen, y después se van sin más (¿principio, nudo, desenlace? Eso es del siglo XIX, y&#8230; ) Vaya. No sé si será que se me está pasando la resaca, pero acaba de surgirme, a partir de esto, una metáfora o una idea: ante la cultura popular, no somos más que paralíticos en busca de la salvación, o algo. Somos gente que llevamos vidas más o menos complicadas, más o menos fáciles, o las dos cosas a la vez, y que buscamos en las series, las canciones, las películas, y todo eso, cosas que la realidad no puede darnos: distracción de nuestras crisis y follones cotidianos, o respuestas que la gente no es capaz de articular, o algún modelo con el que identificarnos, o&#8230; Pero no, esto es muy simplista, y ya se ha dicho, y además pasaba antes del pop. Sin ir más lejos, las tragedias griegas: la gente acudía a las representaciones para liberar sus emociones/frustraciones a través de la anagnorisis y la catarsis (atención viciosos: no son drogas, sino estados de ánimo inducidos por la intensidad de la acción dramática y&#8230; Vaya: se me acaba de ocurrir otra idea&#8230; )</p>
<p># 8. (&#8230; Un final para la historia, vamos. No nos engañemos: el final auténtico, debió de ser muy diferente y muy muy triste, pero creo que le debo una a Maruja, y ahora estamos en verano y la tristeza es antiestética o probablemente demasiado estética y&#8230; ) En un momento dado, tuvo que admitir dos cosas: la primera, que no había recuperado el habla, ni tampoco la capacidad para moverse de cintura para arriba, gracias a ver Heidi; la segunda, que jamás podría andar y que por extensión, nunca podría interpretar a Clara. Esto no sucedió porque volvieran a poner la serie y no se levantara de la silla en el momento cumbre, cuando Clara avanza por una pradera de colores muy primarios hacia su padre y su abuela (Heidi no volvió a emitirse hasta el 87: y no la vio). Admitió ambas cosas porque así se lo explicaron, con cariño pero sin excusas, todos y cada uno de los médicos que la atendían en el centro de la Fundación de ayuda a minusválidos en el que fue ingresada no mucho después de que unos cuantos medios nacionales de la época se hicieran eco del artículo. La Fundación, y el centro, estaban en Madrid y su creación era reciente: la familia de Maruja no debió abonar ninguna cantidad por el ingreso, ni tampoco por el tratamiento ni la rehabilitación, que fue compleja y dolorosa; con el tiempo, sin embargo, reflexionaría y se diría a sí misma que aprender a ser realista había sido más difícil que aprender a controlar lo que aún podía salvarse de su cuerpo. Paralelamente al tratamiento, recibió diversos cursos de educación de adultos y empezó, a la vez, a leer mucho, en especial teatro: aunque se había resignado a no ser nunca Clara sobre un escenario, la idea de la representación no había dejado de fascinarle. Leyó, por lo demás, los libros de Heidi y le decepcionaron por lo blandos (el realismo no perdona nunca, una vez que se asume). Aparte de leer, le dio también por escribir, textos muy personales que nunca enseñaba a nadie. Con el tiempo, regresó a La Unión. Habían cambiado algunas cosas, en su casa y en España, en general. Sus padres habían muerto, y ahora había la posibilidad de proseguir la rehabilitación en un centro de Murcia, al que que tan sólo había de desplazarse algunos días a la semana: el resto, los pasaba en la que ahora era su casa de La Unión. Vivía con uno de sus hermanos, su mujer, y la hija de ambos (este hermano suyo, en otro orden de cosas, era el que peor la había  tratado durante los años duros; luego se enmendó, pero ella, no llegó jamás a perdonarlo). No podían permitirse lujos y pasaban alguna estrechez, pero no estaban mal. Maruja, aparte, se llevaba extraordinariamente bien con su sobrina, que debía andar, cuando se le ocurrió la idea de la adaptación, por los 14 años, es decir: la edad de Clara. Había un grupo de teatro de aficionados en la asociación de vecinos de su barrio, que solía frecuentar. Habló con ellos, les gustó la idea &#8211; aunque después dudó de si la hubieran aceptado con tanto entusiasmo, de no habérsela propuesto una mujer en silla de ruedas &#8211; y empezó a escribir la adaptación, a partir de los libros y de sus recuerdos de la serie. Pronto, cambió cosas. Había visto en la televisión noticias sobre diversos montajes de obras de teatro antiguas cuyos directores trasladaban la acción de la obra a un tiempo diferente, incluso al momento actual. La idea le gustó, y de esta manera, situó la acción en los años 70 y en La Unión, aunque lo más extraño que hizo fue lo del final: Clara no echaba a andar por visitar Los Alpes, sino al ver unas imágenes de aquellos en la tele (también le dio vueltas a la posibilidad de que muriera nada más haberse levantado de la silla: pero si el realismo es la cara, la cruz es asumir que los finales tristes nunca se perdonan: mantuvo el milagro). Aunque los cambios no gustaron mucho, nadie discutió, lo mismo que no discutieron que impusiera a su sobrina para hacer de Clara, ni que casi desplazara al director del grupo durante los ensayos, en los cuales demostró un mal genio inédito. La noche del estreno, entró a la sala de actos de la asociación con su vieja muñeca de Heidi entre las manos: intentó convencerse de que era más un rasgo extravagante que un gesto nostálgico. Su hermano, orgulloso, empujaba la silla. Estaba ansiosa: ¿cómo se sentiría al ver la curación de Clara, interpretada por otra persona pero que en el fondo, al ser de su familia, no dejaba de ser ella misma? ¿Se vendría abajo, a lo mejor? Tenía tantas ganas de que llegara el final, que no se fijó mucho ni en lo malos que eran casi todos los actores &#8211; su sobrina, sobre todo &#8211; ni en la forma que tenían de ignorar sus directrices. Entonces llegó el momento: le ponen la tele a Clara, ve los Alpes (no ve nada, en realidad: la tele estaba de espaldas al público, apagada, y correspondía a la niña que hacía de Heidi informar al público de lo que Clara estaba viendo), su sobrina empieza a levantarse, lentamente (dios, qué mala), se incorpora ya del todo, empieza a andar y&#8230; Luego, avergonzada, explicaría que había tropezado con el cable, que no lo había visto: el resultado, en cualquier caso, fue que aparte de caerse, tiró la televisión al suelo, y la hizo polvo, con el consiguiente caos sobre la escena y entre el público, que rodeó a la accidentada, atropellándose para atenderla. No tenía más que el golpe y una brecha muy pequeña en la ceja derecha, pero lloraba desconsoladamente. La obra quedó suspendida de forma espontánea, y alguien acercó a Maruja al escenario. Miró a su sobrina y a su hermano. La subieron, y miró  a su hermano una vez más, con una mirada que este no reconoció. La situaron junto a su sobrina, le pasó la mano por el pelo, torpemente, y le dio la muñeca, sonriendo. “Quédatela&#8221;, le dijo; &#8220;la necesitas más que yo”. Y más tarde, pensó para sí que todo había salido a la perfección.</p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-1601" title="04" src="http://www.desaparezca.net/blog/wp-content/uploads/2008/08/04.jpg" alt="" width="500" height="375" /></p>
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